Chamanes MayasUna de las características más importantes de los chamanes mesoamericanos, junto con su capacidad de curar y provocar enfermedades, adivinar, soportar el dolor físico y realizar viajes a regiones sagradas tales como el interior de las montañas, el inframundo o el cielo, está la de transformarse en algún otro ser, ya sea éste animal o fuerza natural como un rayo.

Esta transubstanciación generalmente se lleva al cabo mediante técnicas extáticas o el uso de plantas o substancias alucinógenas, y su objeto fundamental es acceder a otros planos de realidad en los que el chamán se pueda desplazar en distintos tiempos y diversos espacios, buscando en el pasado y en el futuro, para encontrar en ocasiones respuestas a ciertos males o enfermedades de sus pacientes. Así, estos hombres se distinguen en su comunidad por poseer esta serie de dones extraordinarios.

Se conserva también la idea del tonalismo, que puede prestarse a confusión, ya que esta última se refiere al concepto de una alter ego animal en el que habita una parte del espíritu de cada ser humano, de manera que el hombre queda ligado a su compañero animal desde que nace hasta que muere.

El animal en el que se convierte el chamán debe a su vez reunir una serie de cualidades notables que lo distingan del resto, que lo hagan especial, en pocas palabras, más poderoso. En este sentido, el jaguar en su medio natural es el depredador por excelencia, el cazador más audaz y el más fuerte de los carnívoros americanos.

Este poderoso felino, de hábitos crepusculares y nocturnos, es además un excelente trepador y nadador, es decir, transita libremente por todos los ámbitos de la selva, desde las copas de los árboles hasta los ríos, lagunas y pantanos. Su piel manchada y su capacidad para moverse en su ambiente sin ser notado lo convierten en un ser críptico y escurridizo.

Con todas estas características, el félido no sólo es el alter ego de los hombres principales de la comunidad, de los grandes señores, sino también estará asociado prácticamente en forma indisoluble a los chamanes. Así, cuando éstos se convierten en él, adquieren no sólo su apariencia, sino también todas sus cualidades, tales como su corpulencia, la fuerza de sus garras y colmillos, su habilidad como cazador para acechar y seguir rastros sin dejar huella, su aguda visión aún en las noches más oscuras, su penetrante olfato, etcétera. Todas estas peculiaridades, si las trasladamos a un ser humano, lo hacen ser una criatura realmente excepcional.

De ahí que una de las constantes entre los chamanes mesoamericanos, que aparece prácticamente en todas las regiones y desde épocas muy remotas, sea la de la transformación del chamán en jaguar. Más aún, chamanes y jaguares no son sólo equivalentes, sino que uno es al mismo tiempo el otro, como claramente se articula en el enunciado maya yucateco chilam balam o “sacerdote jaguar”, en donde chilam es “sacerdote” y balam es “jaguar”, pero al mismo tiempo, balam, según el Diccionario maya Cordemex (p. 32) también puede significar “el nombre de cierta clase de sacerdotes de los antiguos mayas”.

El registro arqueológico indica que la idea de la transformación del hombre felino en Mesoamérica, pudo haber tenido sus raíces desde épocas tan tempranas como 1200 a.c., durante el Preclásico olmeca, y encontramos imágenes referentes al tema no sólo en las costas de Veracruz y Tabasco, sino desde Chalcaltzingo en el estado de Morelos, hasta la villa de San José Mogote en el valle de Oaxaca. Trabajos como los de Peter Furst, Elizabeth Benson, Michael Coe y David Grove, entre otros, muestran a través de excelentes análisis iconográficos de diversas piezas de escultura olmeca a hombres felinizados o jaguares antropomorfizados, y todos, de una u otra manera, llegan a la conclusión de que el personaje, que segu- ramente es un chamán, se transforma en jaguar, y por lo tanto muestra la combinación de aspectos humanos y animales en el mismo cuerpo.

Concretamente en el área maya, imágenes representando esta misma idea están presentes desde la escultura de Izapa en el Protoclásico, y continúan a lo largo del Clásico y Posclásico. Incluso para el momento anterior a la conquista contamos con textos del siglo XVI de los que podemos entresacar datos significativos que nos hablan del mismo concepto.

Así, no sólo con las analogías etnográficas, sino también con el apoyo de los documentos coloniales, se puede sostener que existe una correlación entre la evidencia arqueológica y las prácticas actuales, y podemos afirmar que esta creencia sobrevive prácticamente sin cambios, sobre todo en los grupos indígenas que han mantenido un mayor aislamiento cultural.

Durante el gran auge de la cultura maya, en la época clásica, y en los más importantes centros ceremoniales (Tikal, Palenque, Yaxchilán, Copán, sólo por mencionar algunos) el jaguar está asociado directamente con el grupo en el poder.

A muchos de los grandes gobernantes se les representa ataviados como jaguar, ya sea portando un vestuario hecho con la piel, cabeza y garras de este animal (veamos por ejemplo el uso de tocados y trajes enteros confeccionados con la piel del felino, como en el caso de un dintel de Tikal, o el tocado en una estela de Yaxchilán) o bien cuando el personaje aparece felinizándose él mismo individuo tiene, además de las garras, la cabeza, que podríamos decir se ha transformado en la del jaguar).

En el mito de la creación asentado en el Popol Vuh o el Título de Totonicapán, los primeros hombres forma- dos por los dioses se llamaban Balam Quitzé, Balam Akab, Majucutah e Iqui Balam, y aunque su cuerpo, igual que el de todos los hombres, fue hecho de masa de maíz, estos individuos poseían cualidades que los distinguían de los demás, y que los acercaban mucho a los hábitos y comportamiento del felino.

Concretamente a la forma en que mataban o “cazaban” a los hombres de otras tribus, a las huellas y rastros que dejaban en los caminos, a las vocalizaciones que emitían, etcétera. Sus descendientes, fundadores del linaje quiché, heredan, junto con el poder, las cualidades de sus padres y abuelos.

Encontramos entonces que de uno de los gobernantes posteriores se dice que era un rey prodigioso, que su naturaleza era maravillosa, y que entre otras cosas había días en que se convertía en “tigre”:

Verdaderamente era un rey prodigioso. Siete días subía al cielo y siete días caminaba para descender a Xibalbá; siete días se convertía en culebra y verdade- ramente se volvía serpiente; siete días se convertía en águila, siete días se convertía en tigre: verdaderamente su apariencia era de [...] tigre (Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, 1979: 149-150).

Entre los mayas yucatecos, además de los Chilam Balam, a los que nos referimos anteriormente, están los balam k’oh che’ que eran brujos que decían se convertían en tigres y mataban a la gente” (Diccionario Maya Cordemex: 32), mientras que los balamil ka o u balamil kah, eran los sacerdotes del pueblo y los “caciques y regidores que con su fortaleza lo guardaban”(Diccionario Maya Cordemex: 32).

Es por esto que el jaguar, asociado a los dirigentes, fue un signo de autoridad muy importante. Los tronos o esteras tenían la forma del animal o estaban forra dos de su piel; el mes pop, representado con una este- ra o petate, símbolo del poder del gobernante, tenía como patrono al felino.

Sin embargo, analizando las evidencias arqueológicas, tal parece que para finales del Clásico, esta relación entre los dirigentes y el jaguar dejó de ser exclusiva de los principales centros ceremoniales y, en forma paralela, sobre todo en la zona de los Altos de Guatemala, región periférica de las grandes urbes, aumentan considerablemente el número de figurillas en piedra o cerámica, talladas burdamente, en donde se representan hombres felinizados.

Éstas fueron halladas en los restos de los montículos de casas, como parte del relleno de la construcción, es decir, fundamentalmente en unidades domésticas. Borheggi sugiere que estas figurillas de los Altos fueron usa- das en forma personalizada para controlar y aplacar fuerzas sobrenaturales.

Benson añade que pudieron haber sido símbolos de status o amuletos personales. Según Danien (1992: 96) estos hallazgos indicarían que el símbolo del hombre-jaguar tuvo un desarrollo similar pero separado para la élite y el pueblo maya, es decir, de igual importancia para ambos grupos, la representación plástica del motivo simbólico fue ne- cesariamente distinta.

Esto puede significar que, en un tiempo, gobernante, jaguar y chamán pudieron haber sido conceptos intercambiables, pero a través de los siglos, los atributos requeridos para un digna- tario y un chamán se separaron.

Durante el auge del periodo Clásico, cuando el poder del rey era mayor, éste cumplió junto con sus funciones políticas, las del gran chamán de la comunidad, incluso felinizán- dose él mismo.

Los testimonios etnográficos aunados a las fuentes arqueológicas, los análisis iconográficos y los textos indígenas, nos permiten acercarnos a un aspecto fundamental de las prácticas chamánicas que, por otro lado, sugiere una continuidad simbólica y la permanencia de una tradición por más de tres milenios.

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